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Depedro: “Chilla, que tiemble”

El hijo de Jairo Zavala es el autor de estas inspiradas palabras. Esta y otras historias se cantaron en una noche entrañable en la Sala Mercantil.

11 de noviembre. Un día triste en el mundo en el que nos levantábamos con la pérdida de una persona irremplazable: Leonard Cohen. En este día gris tocaba recomponerse y seguir en movimiento; vivir, en definitiva, siendo conscientes de lo efímero de la vida.

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Noche en Badajoz y el corazón dividido entre dos citas: León Benavente en la Sala Aftasí y Depedro en la Sala Mercantil. Cualquier elección suponía un acierto y un error. Nosotros nos decantamos por pasar esa noche con Depedro y qué noche tan bonita vivimos.

Como una familia que espera al hijo pródigo, la Sala Mercantil estaba repleta de gente mucho antes de la hora prevista. Jairo no se hizo esperar y con un “lo, lo, lo” y atuendo country entró en el escenario guiando a esa suerte de Aristogatos que siempre le acompañan.

Una Gibson raída rasguea los primeros acordes de Como el viento y ya tiene al público en el bolsillo. Depedro abría la gira de presentación de su tercer y último trabajo: El pasajero, un viaje por el mundo en el que el músico madrileño hace gala, una vez más, de ser el abanderado de la canción apátrida. Tangos, boleros, cumbias, country y reminiscencias flamencas y africanas forman el espectro multicolor que nos hace soñar con otros lugares, culturas y gentes.

Un bolero, Don’t leave me now, y Jairo animando a los presentes a bailar agarrados, puede que escribiera las primeras palabras de una nueva historia de amor. Y llegó el turno de Nubes de papel, con la que todo el mundo se arrancó a cantar. La voz cristalina de Zavala no podía ocultar la emoción en una Sala Mercantil abarrotada, con su querido Pax observándolo desde un retrato en la pared.

Argentina, México, Brasil, Caribe, Senegal…  Paisajes que se dibujaban en nuestras cabezas a través de canciones llenas de historias que nos hablan de vivencias y pasiones y que nos recuerdan las injusticias y las carencias de este mundo, pasando de la ternura a un desgarro ensordecedor.

Nos acercábamos al final de un recital de música apasionada, de músicos que sienten cada acorde en sus dedos. Llorona fue la canción elegida para la despedida, pero el público no tenía ganas de volver a casa y, sin hacerse rogar demasiado, Jairo subió de nuevo al escenario, con su guitarra desnuda, y nos regaló un vals: Miguelito, protagonizando uno de los momentos más divertidos de la velada con la colaboración indispensable del público.

Pero la banda tampoco quería irse con prisas y volvió al escenario para arropar a su camarada en dos temas más. Depedro nos invitaba a “ser valientes” y nos hablaba del “coraje, esa palabra que hace falta para vencer al miedo”.  Comanche fue la última canción que nos hizo levantar los pies del suelo. Y nos fuimos cantando, bailando y con una sonrisa pintada en la cara que calentó esa fría noche de otoño. ¿Hay un lenguaje más puro que la música?

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