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El López camina de la mano de Jesús Ortega

El bailaor extremeño se gana al público con un espectáculo sincero y emocional cargado de referencias a su tierra.

Bastaría con cambiar el verbo de los famosos versos de Machado para contener en ellos la esencia del último espectáculo del bailaor y coreógrafo extremeño Jesús Ortega: «caminante no hay camino / se hace camino al bailar».

Camino, que así se titula, fue estrenado ayer en el marco del Festival de Flamenco y Fado Badajoz (FFFB) —en un teatro López de Ayala de Badajoz lleno hasta los palcos— para regocijo de un público que, durante casi dos horas, sintió acompañar al artista por los derroteros de su arte y transitar con él sus primeros compases de la infancia, su despunte en Sevilla, sus viajes a la estratosfera japonesa, mexicana, cubana o chilena, y su regreso a la tierra que jamás abandonó, porque el abandono implica de algún modo al olvido.

Sin embargo, al espectador que espere encontrar en Camino una trama argumental y una estructura narrativa clásica, en el sentido de presentación, nudo y desenlace, habrá que recomendarle que no se resista al goce puro de los sentidos, porque esto es baile, es cante, es celebración ritual de la vida y, como tal, no se deja enjaular en planteamientos cartesianos.

El despliegue de recursos de Ortega, su seguridad en las tablas, su carisma para liderar sin ensombrecer al resto de artistas que integran su compañía, su capacidad para inmolarse frente al público y abrasarlo con fogonazos de verdadero talento y después reducirse a brasas para que otras llamas brillen, nos dan la talla de la persona que hay bajo el traje y dentro de los botines.

Su eclecticismo y versatilidad, y el buen gusto en la elección y disposición de los palos para ubicar al espectador y contextualizar las emociones que desea transmitir, nos revelan a un artista que no delega en las musas el grueso de su trabajo, sino que respeta lo que tiene de oficio la creación artística.

Y por último, su ejecución, rigurosa y a la vez delicada, su movimiento mesurado y a la vez pasional, exponente de ese oxímoron en el que se basa el baile flamenco: firmeza tierna, son la puerta por la que Ortega invita al espectador a escapar de la platea y explorar su propia sensibilidad, escrutar su propio camino y verse, acaso, la punta de los zapatos manchados del mismo polvo que el desconocido con el que comparte fila.

Camino es un regalo que uno de los más grandes bailaores flamencos del momento le hace a su tierra, una tierra que empieza en Extremadura, pero que termina más allá de los médanos del recuerdo y la imaginación.

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