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Juan Carlos Vidarte: cuatro paredes que encierran tesoros

El barrio alto de Badajoz está plagado de rincones míticos y personajes entrañables. Ferreterías de antaño, pastelerías únicas o estudios fotográficos, entre otros. Este es el caso de Juan Carlos Vidarte, fotógrafo conocido en el Casco Antiguo por sus anécdotas, artilugios históricos y cercanía con aquellos curiosos que deciden visitar su estudio convertido en museo   

No conocer a Juan Carlos Vidarte debería estar tipificado como delito en Badajoz. Dejando a un lado las bromas, en un lugar recóndito del Casco Antiguo de la ciudad, paseando por la Calle Virgen de la Soledad, podemos sumergirnos en un universo aparte, en una pequeña tienda fotográfica con más de cien años de vida. Desde su conocida Lambretta azul, pasando por cámaras, fotografías, cuadros antiquísimos o incluso un violín cuya historia es muy peculiar, este pequeño estudio se ha convertido en un museo donde podemos encontrar cientos de objetos y utensilios históricos muy curiosos.

Nada más entrar en el local nos encontramos un arpa de grandes dimensiones situado en la entrada. “Un día me lo encontré en la calle, intenté restaurarlo y ahora, cada vez que esta figura está en la calle, simboliza que la tienda está abierta”, confiesa Vidarte. Y es que le encanta reciclar cosas para darles una nueva vida, mantenerlas en el tiempo y convertirlas en reliquias.

Una de sus últimas adquisiciones es un mapa de la ciudad de 1871 que ha ampliado a gran escala para que aquellos que pasen por la tienda se hagan un selfie y sitúen las calles del Casco Antiguo pacense en ese plano. Con esta actividad, el fotógrafo subraya la poca vida que tiene actualmente esa zona de la ciudad. “Antes, aquí, habitaban muchas más personas; la ciudad cuenta con un fallo de organización, no aprovecha todo lo que tiene y más en pleno centro”, afirma un fiel amante de todo lo que se cuece por las calles más céntricas.

Pese a ello, es cierto que cualquier turista que camina por esa calle de Badajoz se para a observar a través de los cristales del local todo lo que esconden esas paredes. “Durante sus 102 años de existencia, han podido pasar cientos de miles de personas procedentes de muchos lugares. De hecho, he llegado a encontrar fotografías tamaño carné del año 1936, por ejemplo”, explica. Sin olvidar el enorme archivo fotográfico del que dispone; tal es la suma de fotos y de negativos que hay en él, que Vidarte no puede ni estimar una cantidad aproximada. “Hay muchas que aún ni he visto”, confiesa.

Las cámaras de foto se cuentan por cientos; la más antigua es de 1870 y la exhibe con especial cariño, mientras que la más moderna que tenía se la robaron unos meses atrás cuando varios delincuentes asaltaron su local. Un capítulo que este hombre desearía no recordar jamás. Entre esos instrumentos fotográficos, hay uno muy particular que también está expuesto al público. En uno de sus viajes en moto hacia Madrid, Vidarte sufrió un accidente en el que le aplastaron dos cámaras; lo que queda de una de ellas descansa en una de las vitrinas.

Cuando heredó de su padre la tienda, se encontró con un enorme problema de humedades que le obligó a reformar el local de arriba abajo. Pero aún se conservan elementos originales de cuando su abuelo la fundó, como el suelo que cubre la mayor parte de la superficie del local que, tras una enorme obra, fue el propio Vidarte quien lo trasladó desde la planta superior a la planta baja.

Todas estas cuestiones a Vidarte le han jugado alguna que otra mala pasada. “Tuve varios problemas seguidos que me hicieron colapsar. La hiperactividad es mala y a veces hay que parar y tomárselo con tranquilidad. Todo se solucionará poco a poco”, asiente este hombre que cuenta con dos objetivos primordiales: la creación de un museo de la imagen que conserve la mayor parte de objetos que hay en ese lugar, y la publicación de un enorme libro que recoge escritos y fotografías de visitantes que han pasado por ahí.

Juan Carlos Vidarte reconoce que “Badajoz ha sido mi droga”, aunque para droga también está ese sitio de la ciudad. Un local en el que mires a donde mires siempre verás algo nuevo que antes no te habías dado cuenta de que estaba. En definitiva, un lugar donde podemos conocer el lado más peculiar y extraño de la historia de Badajoz.

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