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Roberto Palomo: “Viví en primera persona la censura en Cuba”

Desde una casa en Xilitla, en medio de la selva mexicana, este pacense de veintiocho años que ha estudiado periodismo, turismo y fotografía, nos cuenta toda su trayectoria a lo largo de dos continentes y cinco países recopilando grandes historias para compartir con el mundo en ‘Pacenses por el mundo’

Cuéntanos, ¿cuál es el punto de inicio de tu aventura por el mundo?

Nunca fui muy buen estudiante cuando vivía en casa, por lo que llegó un punto en el que tenía que ser independiente y probar otras formas de ganarme la vida. Ahorré y me mudé a Manchester para trabajar de friegaplatos por las noches (ríe) mientras estudiaba inglés. Posteriormente me preparé el examen de acceso a la universidad durante el verano en Badajoz y, tras un par de intentos, entré en la carrera de Periodismo y Medios de Comunicación en la Universidad de Montfort, en Leicester. En clase era el único extranjero y mis compañeros eran más pequeños que yo. Fue difícil el idioma, el acento, las jergas… pero al estar lejos de casa cambias la mentalidad y ganas confianza.

Al terminar los estudios, junto a un amigo periodista español, creamos un blog y un programa de radio sobre la ciudad y los españoles que vivían allí. Fue toda una experiencia. Trabajaba los fines de semana y aún así aprobé toda la carrera a la primera; en Badajoz siempre suspendía y allí casi llego a la matrícula de honor (ríe). Quise avanzar más y encontré unas prácticas de Relaciones Públicas en la universidad, pero no me llenaba demasiado, estaba desmotivado, así que decidí salir de allí. De camino a Badajoz visité a una amiga en Barcelona y, aunque iba para cuatro días de vacaciones, finalmente me mudé allí.

Seguro que tu entorno estaba muy sorprendido con tus aventuras. ¿Recibiste ayuda al llegar a Barcelona para iniciar tu profesión?

Mis padres me han apoyado siempre mucho. Allí, en un pueblito cerca de Barcelona, vivían unas primas de mi madre que emigraron en los años sesenta de Extremadura, y una de ellas me acogió estupendamente. Un día me encontré con Hannah, una guía finlandesa que conocí en un Free Walking Tour (rutas turísticas gratuitas a pie cuyo pago puede ser una propina al guía responsable de la quedada), quien me dio la oportunidad de trabajar como guía turístico en la empresa en la que trabajaba; me lancé a la aventura sin pensarlo. Así mismo, me introduje en el mundo de las ONGs con la Comisión Española de Ayuda al Refugiado; fue una experiencia muy intensa y me impliqué en varios proyectos.

¿Recordabas mucho a Extremadura en tu día a día? ¿Qué proyectos iniciaste en esa época para llegar donde estás ahora?

En todos los recorridos que hacía siempre hablaba mucho de la ciudad y de Extremadura, y a veces hasta compartía con ellos los embutidos que me enviaba mi madre (ríe). Badajoz tiene muchos alicientes en el ámbito cultural y la gente se sorprende mucho cuando hablamos de nuestra tierra. Hay que atraerlos a ella, porque es desconocida y, además, tiene pocas infraestructuras.

Participé en una banda, aunque no sabía tocar ni un instrumento (ríe), y en los conciertos de rumba catalana a los que íbamos a hacer fotos; de hecho, tengo una muestra de ellas llamada The Rumbaos. Hice varios talleres de fotografía y me di cuenta de que se me daba bien, que me gustaba, por lo que perdí el miedo a mostrar mi trabajo, como el movimiento ‘Stop Maremotum’ en manifestaciones, con grupos de skaters y de músicos.

De regreso a Badajoz, me presenté a un concurso que organiza la UNESCO en Cáceres titulado ‘Santiago Castelo’ donde quedé finalista. De ahí salió mi idea de hacer un viaje más grande, orientado al fotoperiodismo, por lo que contacté con varios profesionales de la zona, como Mai Saki, fotógrafa catalana que vive en Badajoz, y me ayudó mucho. Tras documentarme, decidí irme a La Habana, en Cuba.

De Badajoz a Cuba. Cuéntanos cómo fue esa decisión y de qué manera te introdujiste en sus ideales y costumbres.

Leyendo sobre Cuba descubrí varios temas que me gustaban para fotografiar. Llegué sin grandes ambiciones, puesto que era la primera vez que llegaba a un entorno así para hacer un proyecto de fotografía y era difícil encontrar gente que se prestara a colaborar con determinados temas, sobre todo políticos.

Cuando llegué, me inscribí en la Escuela de Fotografía de La Habana y allí aprendí mucho. El trabajo final que hice junto a tres compañeros y una profesora, curadora de arte, fue una exposición fotográfica sobre los cambios culturales, sociales o religiosos que había habido en Cuba desde la revolución. Nos costó mucho prepararla y, cuando buscamos la aprobación de la dirección de la escuela, nos dijo que eso no se podía hacer allí, que era un peligro para la continuidad de la institución hasta el punto de poder cerrársela. Se ofendió incluso, nos habló de su familia e hizo sentir muy mal a mis compañeros. Viví en primera persona la censura en Cuba y pude entender cómo vivía la represión la sociedad. Necesitaba contar mi experiencia y escribí un texto a un editor de una revista cubana llamada ‘El Estornudo’.

Cuba, en general, fue una experiencia brutal. Viví con una señora que me quería como a un nieto, comíamos con los vecinos, veíamos la novela, e incluso iba a comprar el pan con la libreta de abastecimiento. Conseguí adentrarme mucho en la vida cubana, hasta llegué a hablar con acento cubano por ejemplo diciendo “asere”, que es como el “acho” extremeño (ríe). Guardo muy buenas amistades y sigo hablando con todos ellos.

Después de esta aventura, ¿cómo llegas a México?

Cuando me terminó el visado para estar en Cuba, llegué a Ciudad de México, más concretamente a Xilitla, en la región de la Huasteca Potosina del Estado de San Luis Potosí. Estuve trabajando en un proyecto en un hostal a cambio de una habitación y comida, cuando tiempo después retomé mi pasión por la cámara y la fotografía. Hice amistad con un chico americano que lleva aquí diecisiete años y tiene una organización donde hace proyectos con comunidades indígenas. Gracias a él comprendí muchos de los problemas que tiene esta población y centré mi nuevo trabajo en esta línea.

Después de tantos países visitados y experiencias, ¿piensas volver a tierras pacenses?

Me gustaría moverme un poco más por Sudamérica, tal vez por la zona de Puerto Rico o alguna otra zona por el estilo, pero dentro de unos años quiero volver a mi tierra. Me gustaría aportar mi experiencia y todo lo que haya aprendido en este tiempo. Además, llevo una pulsera con la bandera de Extremadura en la muñeca y el tatuaje de una bellota en el hombro (ríe). Siempre hablo de nuestra tierra, sus historias, la música… Creo que es muy importante tener arraigo y compartirlo con el mundo; es muy triste quienes no lo sienten por su ciudad.

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