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Un voluntariado internacional "a 11 horas de vuelo, pero de 80 años atrás en el tiempo"

8.726 kilómetros o 5.422 millas. Esta es la distancia real entre España y Bolivia; entre Madrid y Roboré. Una distancia equivalente a “11 horas de vuelo, pero a 80 años atrás en el tiempo”. Al menos, así lo siente Luis Alberto, maestro del Colegio Marista de Badajoz, que desde el año 2.016 recorre dicho espacio en los períodos veraniegos para disfrutar de una experiencia de voluntariado internacional y facilitar a los niños y niñas de Bolivia una educación escolar adecuada mediante un programa de becas.

Cada verano esconde una historia. Una estación mágica, incluso para aquellos que odian el calor y vivimos en Badajoz bajo una asfixiante sensación térmica. Será por el añorado recuerdo infantil de tiempos pasados de piscina, diversión y no preocupaciones. O simplemente, esta magia, tenga que ver con el anhelo vacacional y ruptura de la rutina diaria. Sea como fuere, el período estival nos hechiza y transforma; nos hace invertir el tiempo de diferentes formas. Cada una con sus peculiaridades y aventuras. Ni mejores, ni peores que otras. Distintas, pero con sentimientos reiterados cada año. Alegría en junio. Tristeza en septiembre.

Desde 2016, Luis Alberto experimenta esta montaña rusa de emociones derivadas del verano. Aunque su ciclo vacacional no es el más corriente. Troca el verano por el invierno. Con la entrada de junio, cambia las temperaturas pacenses por las roborenses. En septiembre, al contrario. Ambas, con la sensación emocional de alegría a su llegada a Bolivia y tristeza al dejarla atrás, pues despedirse de personas que dan todo sin remordimiento; sin mirar a sus bolsillos y ofreciendo todo lo que tienen, debe ser muy difícil. Algo que solo sabe el que lo siente en primera persona y, que como muestra Luis Alberto, acelera su regreso, pues si la primera vez “cuesta mucho despedirse de Bolivia”, la cuarta se expande a un voluntariado más completo.

Muchas situaciones que suceden en Badajoz, aunque de forma diferente, las puedes observar en la comunidades campesinas de la zona amazónica”.

 

En enero comienza su nueva andadura y, esta vez, durará doce meses. Un año entero junto a su segunda familia. Esa que conoció cuando se decidió a dar un paso adelante y que ahora forma parte de su ser. Indispensable para él desde el momento en el que se armó de valor y se adentró en el centro de Sudamérica. Motivado y llevado por su fe cristina. Impulsado por Dios y su sensación de hacer algo más. No saciado con su labor en Badajoz tratando temas solidarios relacionados con niños con cáncer, comedores sociales o situaciones de exclusión en las barriadas del Gurugú y Suerte de Saavedra. Para Luis Alberto, no era suficiente. En su mira tenía como punto culmen disfrutar de una experiencia de voluntariado internacional, que se cumplió y provocó un sentimiento hogareño. Por la acogida de la gente, pero también por la sensación de cercanía, a pesar de los kilómetros, entre su ciudad natal y su nueva casa, pues “muchas situaciones que suceden en Badajoz, aunque de forma diferente, las puedes observar en la comunidades campesinas de la zona amazónica”.

Casas de adobe o techos de uralitas son indicativos del paso atrás en el tiempo que supone viajar a Bolivia. El abandono escolar y su consecuente inicio laboral, en los niños, y la dedicación hogareña o embarazos, en las niñas, lo confirman. “Puedo imaginarme como vivía mi abuela cuando tenía 10 años”. Cuando las situaciones y falta de recursos precipitaban la salida masiva de los colegios, dando lugar a un estado educacional y escolar complicado. Como el que ahora, en 2.019, podemos atisbar en las comunidades campesinas bolivianas, “donde la falta de ayudas para conseguir los recursos educativos y el transporte suponen una causa de abandono escolar”.

Frente a estos hechos, nació el proyecto en el que está inmerso. “Cuando empezamos, no todos los niños y niñas podían finiquitar sus estudios. Llegaban hasta secundaria porque no tenían medios para desplazarse a la ciudad y proseguir aprendiendo”. Se dibujaba una nube gris, densa y ahumada, sobre el cielo educacional del país. Al principio infranqueable. Ahora penetrada por pequeños rayos luminosos en forma de becas, inculcadores de esperanza, que no logran romper dicha atmósfera tóxica, porque, aun así, siguen siendo “pocas ayudas”.

Países como Bolivia o Perú cuentan con una escasez de ayudas propias. La situación se podría solventar con más becas escolares, pero, para ello, los propios países deberían preocuparse de la situación educacional de sus niños y niñas y no depender de las ayudas exteriores”.

Actualmente, la educación en Bolivia se rige por la Ley 070 de Educación Avelino Siñazi – Lizardo Pérez, del 20 de diciembre de 2010, por la cuál se reconoce como un derecho fundamental y obligatorio hasta bachillerato. Así lo dice la teoría, pero en la práctica, y como nos cuenta Luis Alberto, las zonas campesinas no gozan de dicho derecho como tal, mientras que “en las grandes ciudades no existen apenas problemas”. Aquí, entran en juego las becas. Su objetivo es cumplir la legislación y que los habitantes de zonas alejadas de las principales urbes en edad estudiantil puedan llegar hasta el final de secundaria.

“Los chicos y chicas viven entre 8 y 14 kilómetros de Roboré, donde se sitúa el colegio Marista. Con las becas facilitamos su escolarización en secundaria. Se les paga el transporte, ida y vuelta todos los días, el comedor y el material escolar. La contraparte que tienen los estudiantes se basa en aprobar las asignaturas. En el momento que suspenden el curso la beca desaparece”, afirma Luis Alberto.

Todo esfuerzo conlleva una recompensa y el que algo quiere algo le cuesta. Nunca el refranero español cobró tanta importancia y fue tan real, pues la mayoría de los chicos y de las chicas aprovechan la oportunidad brindada. De esta forma, “el programa cumple sus objetivos entre el 95% y 96%”. Lo prioritario es el bachiller y, a partir de aquí, establecer una mirada hacia el futuro. Por eso, el programa no solo se centra en proporcionar una educación obligatoria y que nadie se quede sin una oportunidad. También se basa en una guía de ayuda para que los estudiantes busquen otras becas que completen su formación y continúen en la universidad. Busca el avance y no el estancamiento; busca saltar barreras y formar profesionales.

Los datos auguran la esperanza y los testimonios de Luis Alberto, junto con su ilusión, la avivan. “Muchos de los beneficiarios de las becas Marista ahora son profesionales en diferentes sectores con sus carreras universitarias”. Aunque, a pesar de ello, siguen faltando ayudas y queda un largo camino por recorrer. En primer lugar, “la comunidad internacional debería cooperar mucho más, pero no solo en Bolivia, si no en todos los países que lo necesiten. Para mí son los propios políticos del país los que no quieren ayudas. La prueba está con los incendios de la Amazonas, donde tras un mes de fuegos continuos, aún no se ha declarado desastre internacional y se están prohibiendo la entrada de bomberos argentinos”. En segundo lugar, “el tipo de estudios y la formación de los profesores, basada principalmente en conocimientos de leyes”, es un escollo que esconde detrás “mucho politiqueo”.

Por mucho que quieras, existen injusticias contra las que no puedes luchar; fuera alcance. Algo tan simple como ir en ambulancia o ponerse una inyección cuesta bolivianos fijados en una tabla de precios que observas en los hospitales. Son momentos durísimos".

Para cualquier persona, estos dos factores darían lugar a impotencia y frustración. Incluso rondaría por la cabeza abandonar, pero las ganas e ilusión son mucho más poderosas. Tumban cualquier idea; recargan fuerzas y energías hasta en las perores situaciones. Luis Alberto confirma haber estado superado en ciertos momentos, sobre todo con temas de malos tratos y sanidad. Al final, solo es un hombre de carne y hueso, y, “por mucho que quieras, existen injusticias contra las que no puedes luchar; fuera alcance. Algo tan simple como ir en ambulancia o ponerse una inyección cuesta bolivianos fijados en una tabla de precios que observas en los hospitales. Son momentos durísimos. No estas acostumbrado y sientes impotencia; lloras e incluso tienes ganas de volver. Sobre todo, el primer año que no estás acostumbrado y vamos para Bolivia con una mentalidad europea”.

Pese a todo ello, sigue con fuerzas. Quiere más. Su mirada le delata. Su pasión y deseos por regresar se sobreponen a cualquier adversidad. Ningún problema, ni ninguna situación son comparables a la recompensa oculta de esta complicada labor. “Encuentras amor y cariño de verdad”, del que aquí cuesta tener; del que no te hace replantearte la existencia de intereses externos. Encuentras entrega. “Familias que hace un año no comen pescado, por su elevado precio y dificultades para adquirirlo en Bolivia debido a su situación geográfica, pero como vas a su casa lo compran y te lo ofrecen”.

La gente de allí son personas humildes, pero muy ricos de corazón, que es lo que nos falta aquí en España, donde somos ricos pero pobres de corazón”, concluye Luis Alberto, fijando su mirada en enero y en los 365 días que aún le quedan por delante. Una nueva aventura y un nuevo camino por recorrer en Bolivia.

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